domingo, 23 de noviembre de 2008

Cánticos Insultantes/Folklore Argentino

Perdimos la Copa Davis. Por supuesto que ahora son todos inútiles, inservibles y soberios. A un set de haber sido todos heroicos, patriotas y ejemplos de vida.
En realidad lo que motiva este post es el remanido tema de la conducta de los hinchas argentinos. Qué cómo van a decir "a estos putos les tenemos que ganar" "Verdasco se la come, Del Potro se la da" y cantitos por el estilo. Que este partido se transmitió por tv a todo el mundo. Que cómo quedamos los argentinos. Nuestra imagen, porrrr Diossss.
Dos cosas: la primera es la hipocresía de qué van a pensar los demás, los otros, los civilizados. Aceptaría quejarme de los cantitos si el argumento fuera ¿por qué tenemos que insultar para alentar? Pero parece que lo que importa no es que insultemos, sino que son insultos que se van a VER por tele en todo el mundo.
Lo segundo es ¿quién esperaba otra clase de aliento? La canción de "a estos putos les tenemos que ganar" debe tener mayoría de edad, y por poco no peina canas. Todos los domingos se escucha en todas las canchas. ¿Por qué ahora muchos descubren que está mal? ¿Por qué se canta en una cancha de tenis? ¿Porque se les canta a los españoles? Ese tipo de cantitos (hay muchos más, bien racistas y matones) siempre me dieron vergüenza ajena. Hablo de los que se meten con el negro, el puto, el boliviano. No escuché críticas masivas, como hoy, para esos catálogos de discriminaciones de todo tipo. Quizás si hubiera ganado argentina, los cánticos insultantes hubieran sido "incansables muestras de aliento".
Si algo tenemos que cambiar, no es dejar de usar esos cantitos en la Davis, sino dejar de usarlos, simplemente. No son horribles en la Davis y parte del folklore en la cancha.
Ya sé, no soy tan boluda. No se van a dejar de usar porque dicen lo que muchos piensan.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Un montón de gente de la que no se sabe nada

Hace un tiempo estaba charlando con una mujer que trabaja haciendo encuestas. Mayoritariamente políticas. Ella es una de las que se encarga de preguntarle a la gente a quién va a votar o qué imagen tiene de fulanito o menganito.
Me comentaba que la mayoría de las encuestas se hacen por teléfono.
¿Y los que no tienen teléfono o sólo tienen un celular porque le resulta más barato? No, a esa gente no se la encuesta. No creo haber descubierto la pólvora pero, ¿por qué nunca nadie hace mención a esto? Si las encuestas se hacen por teléfono hay un universo gigante de ciudadanos de los que no se sabe qué piensan, a quién van a votar o si fulanito les cae bien o mal.
Cuando se dice que la opinión pública piensa, entonces, tal cosa o que va a votar a fulano, se dice que la clase media y alta piensa tal cosa y va a votar a fulano. Entiendo que a la hora de vender, no sé, plasmas o autos caros, no interese la opinión de quien no se lo va a poder comprar. Pero, a la hora de saber a quién van a votar, ¿tampoco importa lo que piensen los que no tienen teléfono en su casa? Los políticos ¿no saben que los pobres también votan?
Comentándole esto a mi interlocutora, me dijo: no, a los pobres los conquistan con clientelismo. Me pareció una visión un poco superficial y berretona del asunto, una visión que se construye no sabiendo qué piensan ni a quienes van a votar los que no tienen teléfono.

martes, 18 de noviembre de 2008

Contra el complejo de inferioridad colectivo

Domingo de asado y cumpleaños en algún rincón del Gran Buenos Aires. De postre, charla con helado. Somos varios y algunos nos conocemos sólo de vernos una vez al año, en esas reuniones. Una de esas personas a la que conozco más bien poco enuncia un pensamiento que no es la primera vez que escucho.
Habla de gente “bien”, “con clase”, de esa que aunque se ponga una remerita sencilla y unas zapatillas gastadas, no sé, lo luce diferente, le cae de otra manera, se destaca igual y otras miles de formas de decir que son la antítesis a eso de que aunque la mona se vista de seda mona queda. Son cisnes y, aunque se vistan de harapos, todos los reconocerán a su paso.
Alguna parte de las pasiones que se desataron este año en el conflicto con los ruralistas está relacionado con esto. Las señoras que saben darle a la ropa sencilla un toque de distinción, esas de las que hablaba esta chica en el cumpleaños, no tienen dinero porque se ganaron el Loto. Tienen dinero añejado. Como el vino, que cuanto más tiempo pasa guardado, más valor tiene después, las fortunas valen algo más que dinero a medida que pasa el tiempo en que fueron construidas. Muchos de los poseedores de esas fortunas son los dueños de la mayor parte del campo.
Con la excusa de los “pequeños productores”, mucha gente que no tenía nada que ver ni con pequeños ni mucho menos con grandes, salió a defender a sus cisnes. Los “pequeños” no sólo sirvieron como máscara para hacer presentable la protesta de un puñado de gente escandalosamente rica; esto funciona para la parte racional del asunto. Sirvieron para que muchas personas pudieran ponerse una excusa a sí mismas a la hora de defender a los más poderosos del país sin preguntarse cuál es la verdadera razón –la tara, desde una mirada más impiadosa- que los llevaba a defenderlos. Mejor pensar que defendemos a los pequeños productores y no reconocer que defendemos a los más grandes, a la gente con clase, a ellos, a los que nosotros querríamos ser y jamás seremos porque ellos tienen algo, algo indefinible, que no se compra con dinero. No es envidia, ¿uno envidia al cisne porque es bonito y elegante? Simplemente lo admira porque no puede aspirar a ser como él. Y no importa que ellos, en una situación inversa, jamás nos defenderían a nosotros. No hay ni puede haber una relación entre el dinero de más, a montones, que ellos tienen, y la miseria de otros. Ellos tienen el dinero desde siempre y nadie puede arrogarse el derecho a molestar a nuestros cisnes, a los que tanto placer nos da contemplar.
No puedo evitar sentirme incómoda cuando percibo muestras de este complejo de inferioridad colectivo. Porque legitima la injusticia desde el costado más irracional e inconsciente (y por lo tanto más difícil de modificar) Y porque les permite, a quienes lo padecen, operar en contra de sus propios intereses sin percibirlo, sin ser coaccionados para hacerlo. Algo que sólo puede lograrse cuando una forma de ver las cosas lleva demasiado tiempo instalada como natural.