martes, 18 de noviembre de 2008

Contra el complejo de inferioridad colectivo

Domingo de asado y cumpleaños en algún rincón del Gran Buenos Aires. De postre, charla con helado. Somos varios y algunos nos conocemos sólo de vernos una vez al año, en esas reuniones. Una de esas personas a la que conozco más bien poco enuncia un pensamiento que no es la primera vez que escucho.
Habla de gente “bien”, “con clase”, de esa que aunque se ponga una remerita sencilla y unas zapatillas gastadas, no sé, lo luce diferente, le cae de otra manera, se destaca igual y otras miles de formas de decir que son la antítesis a eso de que aunque la mona se vista de seda mona queda. Son cisnes y, aunque se vistan de harapos, todos los reconocerán a su paso.
Alguna parte de las pasiones que se desataron este año en el conflicto con los ruralistas está relacionado con esto. Las señoras que saben darle a la ropa sencilla un toque de distinción, esas de las que hablaba esta chica en el cumpleaños, no tienen dinero porque se ganaron el Loto. Tienen dinero añejado. Como el vino, que cuanto más tiempo pasa guardado, más valor tiene después, las fortunas valen algo más que dinero a medida que pasa el tiempo en que fueron construidas. Muchos de los poseedores de esas fortunas son los dueños de la mayor parte del campo.
Con la excusa de los “pequeños productores”, mucha gente que no tenía nada que ver ni con pequeños ni mucho menos con grandes, salió a defender a sus cisnes. Los “pequeños” no sólo sirvieron como máscara para hacer presentable la protesta de un puñado de gente escandalosamente rica; esto funciona para la parte racional del asunto. Sirvieron para que muchas personas pudieran ponerse una excusa a sí mismas a la hora de defender a los más poderosos del país sin preguntarse cuál es la verdadera razón –la tara, desde una mirada más impiadosa- que los llevaba a defenderlos. Mejor pensar que defendemos a los pequeños productores y no reconocer que defendemos a los más grandes, a la gente con clase, a ellos, a los que nosotros querríamos ser y jamás seremos porque ellos tienen algo, algo indefinible, que no se compra con dinero. No es envidia, ¿uno envidia al cisne porque es bonito y elegante? Simplemente lo admira porque no puede aspirar a ser como él. Y no importa que ellos, en una situación inversa, jamás nos defenderían a nosotros. No hay ni puede haber una relación entre el dinero de más, a montones, que ellos tienen, y la miseria de otros. Ellos tienen el dinero desde siempre y nadie puede arrogarse el derecho a molestar a nuestros cisnes, a los que tanto placer nos da contemplar.
No puedo evitar sentirme incómoda cuando percibo muestras de este complejo de inferioridad colectivo. Porque legitima la injusticia desde el costado más irracional e inconsciente (y por lo tanto más difícil de modificar) Y porque les permite, a quienes lo padecen, operar en contra de sus propios intereses sin percibirlo, sin ser coaccionados para hacerlo. Algo que sólo puede lograrse cuando una forma de ver las cosas lleva demasiado tiempo instalada como natural.

2 comentarios:

Edgar dijo...

Los cisnes tienen un canto bastante convincente y nosotros, aunque digamos verdades, suenan a gansadas porque no tenemos el micrófono de los cisnes.

Paula dijo...

No sé si serán convincentes Edgar, quizás los escuchamos durante tanto tiempo que así nos parece.
Besos y gracias por ser el primero en comentar. Aunque no sepa quién sos no me voy a poder olvidar de Edgaaaar!!!