Hoy fue mi primer día de trabajo después de bastante tiempo. No recordaba lo feo que era trabajar. Cumplir horario. Tener un jefe al que rendirle cuentas. Tener un compañero nuevo (pobre, muy simpático) que me dice que vender publicidad es "apasionante". Tener que ser productivo.
Mi jefe me presentó a mis compañeros. A cada uno le decía: "ella es Paula, está con nosotros a prueba por tres meses". Como para que recuerdes, Paula, que la apasionante tarea de vender publicidad puede ser una oportunidad que se escape de tus manos si no sos todo lo productiva que necesitamos.
¿Qué hago? ¿Les pregunto a cada rato cómo están haciendo su trabajo? Eso demuestra interés pero puede ser molesto interrumpir a cada rato.
¿Me siento en un rincón hasta nueva orden? No estorbo pero no estoy siendo proactiva (hace 5 años nomás se ve que éramos todos pachorrientos porque no existía una palabra para denominar al salame que está todo el tiempo buscando más trabajo para hacer).
Trabajar no es lo peor que tiene el trabajo, definitivamente. Lo peor son los rituales que lo rodean. Para que lo llevara mejor, la cosa tendría que ser así: una persona experimentada pasa un día contándome detalladamente cómo lleva a cabo su trabajo. Al día siguiente me deja hacerlo a mí y me corrige lo que no aprendí bien. Después lo hago yo sola, ahí o en mi casa (después de todo, para vender publicidad sólo hace falta un teléfono y una compu). Me visto como quiero, trabajo dos horas sí, dos no, así hasta completar las 8. O trabajo más horas de tarde que de mañana. Como ravioles con estofado en mi escritorio mientras organizo las llamadas.
Pero no. Hay formas que mantener. En su nombre me pongo zapatitos de taco y me pinto los ojos, como ensaladita desodorizada y sonrío ante la entrada de desconocidos papanatas. Espero órdenes.
¿Por qué me la hacen difícil? ¿No seríamos todos más felices si trabajáramos sin tanta vueltita ritual?
¿Y quién me habrá dicho a mí que el objetivo del asunto es la felicidad, no?
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